Para la mayoría de los chilenos la banda presidencial es, por antonomasia, el símbolo del poder presidencial. Quienes se la ciñen, son los encargados de dirigir el destino de la nación durante lo que dure su mandato. Sin embargo, no lo es. Quien está al mando de la nación es aquel que posee la llamada "piocha de O'Higgins", una simple estrella de metal y oro, de cinco puntas y aproximadamente siete cms de diámetro, esmaltada en color rojo, pero que encarna toda nuestra historia republicana y que se utiliza prendida en el extremo inferior de la banda.
Ya sabe usted como reza la conocida canción de Chito Faró: "y verás como quieren en Chile, al amigo cuando es extranjero". Claro que desde un tiempo a esta parte a nosotros muchos en el exterior no nos demostraban tanto aprecio que digamos. Bajo la premisa de que, quizás impulsados por los éxitos que exhibe el país en varios ámbitos, nos estábamos transformando, derechamente, en unos fantoches y pretenciosos, algunos señalaban que no les generábamos mucha simpatía y que más bien que nos observaban a la distancia con cierta reticencia. Puede ser.
Según el consenso popular, una persona se transforma en héroe cuando realiza una hazaña a costa de grandes sacrificios (a veces, suficientes sacrificios como para alcanzar la inmortalidad o estar a medio camino de ser considerado un semidiós, como pensaban los antiguos griegos). O es llamado héroe quien destaca por sus virtudes y se convierte en digno representante de los valores que sostienen la cultura de su comunidad. Según el historiador británico Paul Johnson, la esencia del heroísmo es "actuar con valentía personal, sean cuales sean las consecuencias". Así lo hicieron muchos durante la tragedia que ha afectado al país.
Una de las desgracias de vivir en tierra de terremotos es la sostenida pérdida de patrimonio arquitectónico. En cada sismo se nos van iglesias, monumentos, casas y edificios construidos hace siglos. Desde sus escombros nos mira la historia de un país que no por estar habituado a las catástrofes, sufre menos con ellas.
No cabe duda -y ha quedado demostrado en estos días- que en medio de las crisis cobran fuerza dos necesidades hermanas: por un lado, la voluntad de comunicarse (con parientes, vecinos, amigos, autoridades, incluso extraños); por otra parte, la urgencia por acceder a información.