HA HABIDO gran inestabilidad financiera en el mundo, luego que la percepción de exceso de deuda pública en países de la periferia de Europa se extendió a España, y dos semanas atrás a Italia, donde los pasivos alcanzan grandes dimensiones. A esto se sumó el impacto de dificultades políticas y reclasificación de la deuda soberana en los Estados Unidos. Los inversionistas se refugiaron en activos confiables, lo que hizo caer los mercados accionarios, subió el precio del oro, bajó las tasas de interés en la deuda del Tesoro de los Estados Unidos y apreció transitoriamente el dólar frente a otras monedas principales. Es claro que el mundo vive una situación riesgosa.
Cuando hay incertidumbre, ante la complejidad de las interrelaciones entre instituciones financieras, incluso los acreedores de entidades sanas tienden a retirarles su financiamiento, por la posibilidad de que estas puedan verse afectadas ante un evento crítico. Este tipo de reacción, que llevó a la parálisis del sistema financiero americano en 2008, es hoy una posibilidad que no se puede descartar en Europa. La desconfianza en el sistema financiero europeo se ha expresado en estos días en un mayor diferencial entre la tasa interbancaria europea y la tasa en instrumentos de deuda estatal alemana. Si bien el Banco Central Europeo ha comenzado a intervenir en el mercado de las deudas soberanas de la Unión, la institucionalidad europea y los montos en juego hacen difícil un respaldo público definitivo al sistema bancario europeo, capaz de tranquilizar a los acreedores.
A la rebaja de calificación de la deuda de los Estados Unidos, y a la sensación de dificultades del sistema político de ese país para procesar temas económicos, luego de las negociaciones para ajustar el techo de la deuda pública, se sumó también la percepción de que los Estados Unidos deben corregir su situación fiscal, no por problemas inmediatos, pues existe una fuerte demanda por sus títulos de deuda, sino por ser insostenible en el largo plazo, lo que exige gastar menos y aumentar la recaudación tributaria. El menor crecimiento potencial del país, debido a los mayores impuestos, parece explicar parte de la corrección en el precio de las acciones. A juicio de analistas y agentes económicos, un gasto fiscal más restringido también podría limitar la recuperación en el corto plazo, cuando los consumidores americanos están aún lidiando con un exceso de deuda privada.
Lo positivo es que se han mitigado las expectativas inflacionarias en commodities y energía, lo que evitaría restricciones mayores en China y otros países emergentes muy importantes para Chile. El conjunto de antecedentes permite esperar que continúe dándose un escenario externo positivo para nuestro país, pero el grado de incertidumbre es enorme. No puede descartarse que Europa lleve al mundo a enfrentar nuevamente situaciones críticas. Nuestra economía marcha con rapidez, por lo que parece apropiado utilizar el instrumental de políticas macroeconómicas, fiscal y monetario, en un sentido que minimice el eventual daño de un escenario adverso. Dado que el fisco chileno no tiene deuda relevante, y que los precios de nuestras exportaciones pasan por un ciclo muy favorable, lo que permite acumular reservas adicionales para enfrentar dificultades, no deben temerse quiebres mayores. La posibilidad de sortear bien las eventuales dificultades depende de que las autoridades no permitan hoy que la economía evolucione a un nivel de gasto que llegue a ser insostenible.